sábado, 16 de mayo de 2009

No te des por vencido

Duros son los golpes que has recibido. Estas en el suelo, tumbado sobre tu propia sangre. La adversidad te mira con desdén desde arriba. Su sonrisa delata lo que todos saben... que estás vencido.
Debes levantarte. ¡Levantate! Sacas fuerzas de donde no hay y pones una mano sobre el duro asfalto para luego la otra. Flexionas y arrastras tus piernas, hasta que consigues una posición fetal. Tu enemiga se ríe, pero porque se sorprende.
Te echas hacia atrás por inercia y como un muñeco de trapo quedas de rodillas ante ella, con los brazos ensangrentados en cruz. Tu enemiga arquea una de sus cejas. Ahora no sabe qué hacer.
Es hora de que la mires a la cara. Es hora de que afrontes que ya no tienes miedo. Fijas tu mirada en la suya, y esbozas en tu maltrecha cara una leve sonrisa roja. Los ojos de la adversidad se redondean. Está sorprendida.
Entonces te ríes y poco a poco vas levatando el tono, te carcajeas, tu risa es tal que da miedo. Tu enemiga no da crédito a lo que contempla. Admira tu entereza y a la vez un escalofrío se apodera de ella. Su esfuerzo por machacarte también la ha cansado.
Ya no te queda aliento, no tienes salida, ya todo te lo has jugado en esta última carta. "Que poco tienes que perder ya, que ya no te importa nada", piensa ella... y exhausta, se vuelve, y se pierde en el horizonte.
Tú miras al cielo que se vuelve estruendo al son del enorme grito de desesperación que has elevado... y te conviertes en amargo llanto. Las lágrimas se entremezclan con tu desgracia. Tu cuerpo tirita, combulsiona y te abrazas a tí mismo. Maltrecho, sales de esta batalla.
Levantate ¡Levanta! Subes una rodilla, clavando la otra de soporte. Tiemblas, pero ahí estás, de pie. Dando un paso detrás de otro, te refugias para curarte las heridas, esperando un próximo reto.
Desgraciados aquellos que se crucen en el camino con las grandes adversidades... no solo por lo que conlleva, sino por el temor a perder su espíritu de lucha.

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