martes, 26 de mayo de 2009

Esperanza

Fuera ya del horario, inmerso en el papeleo diario, oigo unos pasos que se acercan por el pasillo. Paraste frente a mi puerta y quedaste allí, inmóvil frente a mí.
Seguía con la cabeza gacha intentando terminar lo que había empezado y dispuesto a que la interrupción fuera mínima, creyendo que eras algún compañero que había olvidado algo. Alzo la mirada y entonces creí ver a un fantasma. Cerre por un momento mis ojos y tras suspirar los abrí. Eras tú y estabas frente a mí. Al fin y al cabo, ÉL no te dejó marchar.
Me levanté de la silla y caminé hacia tí. Sin mediar palabra ofreciste tu mano que yo estreché mientras con la otra apoyaba aún más el gesto cogiendote del antebrazo.
Tras saludarme, me pediste disculpas que yo no quería, pues tú mísmo te juzgaste y te sentenciaste a muerte. Llevabas dos días fuera del hospital, reuniendo fuerzas para volver a vernos, y poder mirarme a los ojos. Has comprendido el valor que tiene la vida.
Como siempre hacías antaño, me pides el cigarrillo para fumarnoslo en el patio y así, poder tener nuestra antes acostumbrada charla, que casi veíamos perdida.
Hablamos de que aprendieras de los errores, que no toda la culpa era tuya y que pensaras que era un milagro tenerte de nuevo entre nosotros. Que hay gente que le importas y que te lo han demostrado. Que lucharas por los tuyos. Que miraras las cosas con perspectiva de futuro. Que lo malo no dura para siempre. Que no jugaras con la muerte, que es muy caprichosa... y que la vida es nuestro don más preciado.
Y antes de despedirte, te sonreí y te dije. "Con el susto que me has dado creo que me he ganado el derecho de decirte que ¡eres un pedazo de cabrón! Tú asentías mientras sonreías y me dijiste que nos veríamos el Lunes.
Volví a mi oficina y senté todo mi peso, más aliviado, en la silla... hoy he borrado la muesca que puse hace poco del lado de los fracasos.

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