jueves, 28 de mayo de 2009

El Pelao

Es curioso la pereza que da, a veces, realizar algunas pequeñas cosas que son necesarias en el día a día. A mí me pasa cuando tengo que pelarme. No paran de recordarmelo cuando lo necesito, ya que soy un desastre para estas cosas.
Cuando era "chiquetito" odiaba el día que me cortaban el pelo. Antiguamente no era tan normal lo de ir a la peluquería. Es más, el término "estilista" era de ciencia ficción por lo menos. Lo que se hacía es que tu madre agarraba las tijeras y te ponías a rezar. La mujer hacía lo que podía, dentro de sus limitados conocimientos. Una vez terminada la tarea, tenías dos opciones... en la mayoría de los casos te enfadabas... o te ponías directamente a llorar... ahora que lo pienso, hacías ambas cosas. :)
Para colmo, en mi caso, se me levantaba mi antiguo pelo rebelde de la coronilla a modo de "floripondio", con lo cual el desastre era aún mayor. Luego, ibas a clase donde todo el mundo se percataba del accidente que habías sufrido. "El que pela, estrena", y te metían un cate en la cabeza, ahí!, con ganas!, que por tí no quede!. Y si eras grandote, como yo, pues lo hacían todos a la vez, para que no pudieras negarte. Después, unas risas y pa'lante. Igualito que ahora, que denunciaría a la clase por acoso escolar, al profesor por no estar al quite, al colegio por permitirlo... y de paso a mis padres por maltrato infantil psicológico.
A lo que iba, que me pierdo. Luego, volvías a casa, donde mi hermano mayor repetía el mismo acto que mis compañeros y mis hermanas ponían cara de susto a la vez que le preguntaban a mi madre qué es lo que había hecho conmigo. Al ver mi cara de desesperación, ellas que son más sensibles, correspondían con la típica frase de que estaba muy guapo... pero no paraban de reirse las muy jodías.
Por la tarde, bajaba a la plazoleta con los amigos y nada, me llovían más collejas. Que día más bonito!... a ver cuando acaba de una vez!... me estoy desesperandoooooo! :) Cuando llegaba a casa, la primera que se daba cuenta de mi maravilloso día era mi madre. Me cogía de la barbilla y me decía "cariño, piensa que burro trasquilao, a los tres días emparejao". En ese momento no le entendía muy bien, pero la frase tenía su peso y una verdad encerrada como un camión de grande. Y antes de irme a la cama, para animarme, me decía algo que entendía mucho mejor... que era el rey de su casa.

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